|
27 de Junio de 2008
Dos
hechos subrayan la gravedad de la situación de la seguridad pública en México.
El
asesinato cometido ayer contra el inspector Igor Labastida Calderón, mando de
la Policía Federal Preventiva, demuestra la formidable tarea a realizar para
terminar con la limpia entre las policías federales.
Los
ejecutores del crimen, como en el caso de Edgar Millán, sólo fueron eso,
pistoleros a sueldo.
Como
en el caso de Edgar Millán, la evidencia muestra que al inspector Labastida
Calderón lo traicionaron y filtraron sus rutinas y movimientos.
Y a
los traidores habría que buscarlos, primero, en las filas de la policía federal
preventiva, o en otras agencias policíacas. Pues en todas, al parecer duermen
con el enemigo.
Urge
una investigación a fondo, pero, por favor, que no la publiciten hasta que haya
resultados y detenidos.
El
otro hecho, Joaquín, es el secuestro de Erika Posselt, cuñada del representante
Silvestre Reyes, liberada tras el pago de un rescate.
Más
allá de los detalles, Joaquín, debemos preocuparnos por la eventual reacción
del representante Silvestre Reyes.
Es el
presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes. Uno de
los más poderosos del Congreso norteamericano. Desde ahí y desde el Comité de
Defensa, controlan el presupuesto de todas las agencias de inteligencia
estadounidenses.
De su buena voluntad dependen muchas
operaciones de la DEA y el FBI.
La
torpeza de unos delincuentes podría haberle ganado al gobierno mexicano un
poderoso enemigo. No creo que el señor Reyes esté contento por el secuestro de
su cuñada.
¿Cómo
dicen? Éramos muchos y…
|