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12 de Septiembre de 2008
No he
querido que termine la semana sin referirme al fallecimiento de don Francisco
Galindo Ochoa.
Tuve
la oportunidad de tratarlo. Aunque no formé parte de su gran círculo de amigos, tuve el privilegio de recibir
consejos sobre mi oficio, consejos valiosos, Joaquín, porque provenían de un
hombre sabio.
Como
comentaste, Joaquín, Francisco Galindo Ochoa fue priísta toda su vida; pero
priísta de una pieza. De esos que como escribe el maestro José Elías Romero
Apis, para quienes el partido era la Revolución Mexicana, sin la cual, solía
decir, no se explica nada del México de hoy.
Combatió contra lo que atentaba contra su personal visión de país. Nunca
eludió ningún debate.
Don
Francisco Galindo Ochoa fue siempre fiel a sus lealtades, a sus lealtades
políticas y a sus lealtades de amistad. En estos tiempos de relativismo,
Joaquín, eso lo hacía excepcional.
Con
él muere toda una era, una etapa de la República. Una etapa durante la cual se
construyeron y consolidaron muchas de las instituciones actuales.
Cuando algunos se refieren a esa generación, la califican de
autoritaria.
Y eso
me recuerda algo que dijo uno de los cineastas que participaron en la película
“Arráncame la Vida”.
Decía
este cineasta que la generación retratada en la novela de Angeles Mastreta y en
la película ciertamente fue la que venía de la Revolución.
Y
luego, curiosamente, hizo algo que es casi un reconocimiento histórico.
Aquella
generación era de revolucionarios autoritarios, sí, pero tenían un proyecto de
Nación.
Pienso, Joaquín, que sólo por eso fue una generación excepcional.
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