Tiempos de cólera

  En octubre de 2015, hace ya casi 20 meses, quien esto escribe publicó en la revista SIEMPRE una reflexión sobre el periodismo. Paradójicamente – y tristemente- creo que sigue teniendo vigencia, como si hubiera escrito hoy.

  A continuación se los transcribo, amables lectores. Ustedes dirán si piensan lo mismo.

   El periodismo actual vive tiempos de cólera.

   Todos los días, todos los medios nos dicen que los mexicanos están muy indignados. ¿Y por qué no?

   Desde hace años, implacablemente, en los medios impresos y electrónicos nos dicen a los ciudadanos de a pie que todo está muy mal, que los gobiernos han fracasado, que todo está podrido. ¿Cuánto tiempo puede pasar para que los ciudadanos lo empiecen a creer?

   Sobre todo si se le repite a diario a los millones de mexicanos que enfrentan situaciones difíciles, no distintas a las de otras generaciones. Pues será, pero los problemas actuales los vive esta generación.

   Si se alienta la frustración y el rencor, ¿por qué no estar enojados?

  Hemos vivido otras crisis, varias en el siglo pasado, y hemos avanzado, porque no llevamos el luto en el alma.

  Si eso es bueno o malo, no lo sé, pero la mayoría mantenemos el optimismo de que mañana podrá ser mejor que hoy. Somos optimistas por naturaleza.

  Muchos hablan de la influencia de las redes sociales. Maravillosas herramientas de comunicación, pero también tribuna que, a veces, sirve para el desahogo de resentimientos y de perversas campañas políticas, al amparo del bendito anonimato. Pero también puede convertirnos en turba dispuesta a linchar.

  No digo que los periodistas que trabajamos en los medios seamos los culpables. No inventamos la insatisfacción, pero si somos honestos debemos reconocer que nos encanta el conflicto, es la materia de la que se alimentan las noticias. Siempre lo ha sido, pero es más notorio ahora, cuando la práctica cotidiana es la información espectáculo, propiciada por la feroz competencia para atraer lectores y auditorio, para así atraer la publicidad que garantiza la supervivencia.

  Y no siempre somos imparciales. A veces cultivamos la cólera ciudadana y, a la vez, ocultamos tras la máscara de una supuesta objetividad nuestras agendas personales o las agendas de los medios.

  Estas agendas nos convierten muchas veces en militantes políticos, en activistas sociales.

  Nada nuevo, pero en tiempos en que la información fluye a tiempo real, a ritmo de los megas de Internet, olvidamos la fundamental responsabilidad del periodista. Ser fiel a la verdad y cumplir con la vieja pero vigente regla de oro: verificar la veracidad de lo que publicamos. Simple rigor profesional.

  Estos tiempos de cólera exigen disciplina profesional. De otra manera corremos el riesgo de ya no ser periodistas. Podemos convertirnos en sicarios al servicio de los grandes y poderosos intereses económicos, políticos y sociales que se disputan la nación. En sembradores, primero del descontento, luego del rencor y la indignación, más adelante del odio, del odio que lleva a callejones sin salida, callejones de los que los pueblos no salen sin grandes derramamientos de sangre.

  Resistir eso, creo, es el reto para los periodistas en estos tiempos de cólera.