Café Político

 

 

Era sexenal la Presidencia Imperial
Crimen organizado, elefante en la sala
Nada al azar, Palacio carga los dados

  Explicable que el Gobierno de la República recuerde el abrumador voto que lo llevó al poder en 2018 para justificar los cambios institucionales con los cuales poco a poco intenta restaurar la Presidencia Imperial del siglo pasado.

  Si bien el Presidente Lázaro Cárdenas cimentó la Presidencia Imperial con el corporativismo del Partido Oficial, mal hace Morena en olvidar la clave de la longevidad del Partido hegemónico: cada 6 años cambiaba la cabeza del Gobierno y del Partido, cambiaba todo.

  La “continuidad” era meramente discursiva, pues cada sexenio cambiaban las políticas públicas, acorde a la voluntad del Presidente en turno y su personal visión de lo mejor para México y para los “gobiernos de la Revolución”. Y, sexenalmente renacía la esperanza.

 

 

McCaul, diluvio que viene del norte
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  El diputado republicano Michael McCaul estuvo en México y con otros colegas suyos hasta fue recibido en Palacio Nacional por el Presidente López Obrador y los titulares de la Defensa y Marina. Como en “La Zarzamora”, de aquello que hablaron ninguno ha sabido.

  McCaul tiene 19 años en el Congreso, encabeza el poderoso Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes. Para su última reelección lo respaldó el expresidente Donald Trump.

 Hace unos días en una entrevista con Fox News, afirmó que “parece que en México gobiernan los cárteles, no el Gobierno. Creo que el Presidente juega al laizzes faire con ellos.  Es un modelo al que se tiene que poner fin”.

 

 

Con el crimen, tibieza, no connivencia
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  Como laxa se ha calificado en este espacio la política sexenal de seguridad –abrazos, no balazos-, pues es solución a largo plazo para la amenaza inminente de las bandas del crimen organizado.

  Jamás en los 61 meses del actual Gobierno de la República en el poder, se ha siquiera insinuado connivencia con el crimen organizado, pues connivencia implica complicidad y el desacuerdo con Palacio no debe ser, ni excusa, ni coartada para tan irresponsable afirmación.

  La terca laxitud de “abrazos, no balazos”, la reticencia al uso de la fuerza legítima del Estado es tibieza ante la creciente presencia e influencia del crimen organizado en tantas comunidades de la República por oscuras razones subyacentes en la retórica oficial.