DOMINGO

Serenidad y paciencia

  Es una realidad que durante su gestión como Jefa de Gobierno de CDMX, la doctora Claudia Sheinbaum gobernó de forma muy diferente a la del Presidente López Obrador cuando fue Jefe de Gobierno del Distrito Federal.

 Esta circunstancia parecen no tomarla en cuenta, aquellos ilusionados con que, una vez que tome posesión, la Presidenta Electa, “se correrá al centro” o los que revisando la historia apuestan a una ruptura con el Presidente.

 Erran ambos, pues como escribió el historiador británico Paul Johnson, las personas son quienes determinan el curso de la vida de una nación, y no es la historia la que lo determina como afirman todavía los nostálgicos de las rancias premisas del socialismo real del siglo pasado.

  En el caso de la doctora Sheinbaum el gobernar distinto la Capital de la República en ningún momento significó alejarse de las premisas ideológicas de “la revolución de las conciencias”, sólo cumplió con el principio de don Daniel Cosío Villegas y aplicó su personal estilo de gobernar.

  Muchos no estamos de acuerdo con el sistemático desmantelamiento de las instituciones de la República que ha hecho el Gobierno de la República encabezado por el Presidente López Obrador.

  No estamos de acuerdo porque esas instituciones cuya construcción se inició hace 40 años, culminó en 1996, cuando el consenso de todas las fuerzas políticas de la República reformó el sistema electoral, hicieron posible la transición democrática y, como bien lo saben el Presidente y la Presidenta Electa, también hicieron posible el triunfo de 2018.

  Pero, machacando en la cita del historiador Paul Johnson, como el destino de las naciones lo determinan las personas, fue el excepcional talento político del Presidente Andrés Manuel López Obrador el que empezó a cambiar el destino de México al iniciar el desmantelamiento institucional y la reconstrucción de lo que, según su personal concepción, debe ser la Presidencia con valores del pasado.

  Al mismo tiempo, en el campo de la política práctica, utilizó los bienes – fondos contingentes acumulados durante más de 20 años-, “para remedir los males”. O sea, para financiar las obras magnas del Gobierno, pero también para distribuir el presupuesto en programas sociales, la mayoría de los cuales ya están como derecho constitucional.

  Con un ejército de “servidores de la Nación” se aseguró que los beneficiarios de los programas le agradecieran las gratuitas subvenciones no al Gobierno, sino al Presidente López Obrador, en la más pura versión del clientelismo definido por Norberto Bobbio.

 Corregidos los errores de 2021, la maquinaria electoral de “la revolución de las conciencias” en la elección presidencial del pasado 2 de junio fue la aplanadora que aplastó a la oposición y consolidó a Morena como el partido hegemónico y permitirá que la doctora Claudia Sheinbaum reciba la Presidencia más poderosa en casi 70 años.

  En estas circunstancias no hay razón para que, como dicen los ilusionados, esperar que la Presidenta Electa “se corra al centro” y tampoco hay ninguna razón que impulse a la Presidenta Electa a brusca ruptura con el Presidente.

  Para quienes estamos en desacuerdo con la “revolución de las conciencias” queda el recurso de seguir el consejo de Kalimán: “serenidad y paciencia”. Pero debe ser una paciencia laboriosa, la misma paciencia laboriosa con que hace casi 30 años se trabajó para alcanzar el consensuado acuerdo que logró la transición democrática. Laboriosa paciencia con la divisa de que tras la noche más oscura siempre brilla el sol.

  Expresarnos incansablemente con el invencible optimismo de Martín Luther King: “Si me dicen que mañana se acaba el mundo, hoy sembraré un árbol”.